Un venado pasado por agua

Publicado en el número 83 de la revista “Hunters” de marzo de 2004.

La Sierra de la Demanda debe ser una maravilla. Y digo debe ser, porque durante mi primera visita a la zona, para asistir a una batida en la Reserva Regional, no dejó de llover ni un minuto, mientras las nieblas se agarraban a las cumbres y la visibilidad era limitada. Aun así, pude entrever algunos retazos de aquellos montes, observando que los diferentes tonos de verdes se mezclaban como en la paleta de un pintor. Me consta que allí está la demostración palpable de la naturaleza todavía virgen y por ello, por la amabilidad de sus gentes, por su gastronomía y por sus estupendos venados, hago votos para volver en cuanto tenga ocasión.

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         La lluvia me rodea por todas partes produciendo múltiples sonidos, mientras aguanto estoicamente dentro del traje de agua que limita bastante mis movimientos. Del sombrero de hule –regalo de mi hijo Pablo- resbalan goterones sobre el rifle –el 30/06 de mi hijo Alfredo- que sostengo abrazado para evitar en lo posible el empañamiento de las lentes del visor. A mi alrededor, un bosque encantado de robles centenarios, con sus enormes troncos cubiertos de musgo, parece desafiar al tiempo y me recuerda  los cuentos de hadas de mi niñez. Pienso en cuantas cacerías habrán contemplado estos árboles que ahora me rodean. Atento a pesar de todo, ilusionado y sin dejarme intimidar por el aguacero, dejo vagar mis pensamientos…

Recuerdo que anoche, cuando, después de un viaje lluvioso por rutas del románico, llegamos Mariano y yo a Barbadillo de Herreros, el recibimiento fue cariñoso y el alojamiento acogedor en una añeja casona rural. Después apareció el resto de los amigos y, ya todos juntos, la cena pantagruélica y las copas de orujo dieron paso a los comentarios sobre la bondad de la cacería y, como no, sobre la penitencia que nos esperaba al día siguiente debido a la inclemencia del tiempo.

         Esta mañana, que amaneció igualmente gris y lluviosa, el sorteo en el bar –que regentan Rufino y Maite en Huerta de Arriba- me deparó el puesto número quince, encontrándonos al salir del cobijo del local que el temporal arreciaba cada vez más y que sólo nos restaba ejercer la resignación a la que estamos acostumbrados los cazadores. Tras un corto trayecto en coche, las posturas se colocaron en un camino con aspiraciones de arroyo, hasta que empezamos a subir por una ladera llena de robles que nos costó un esfuerzo extra, mientras que Ángel, el veterano postor con muchos años a sus espaldas, trepaba como si fuera un paseo para él. El puesto me gustó nada más llegar, aunque la lluvia…

         De pronto, como surgida del fondo de los sueños, rompe el hilo de mis pensamientos la monótona ladra de un sabueso que, sesgada por las ráfagas de aire y agua, me llega intermitente. No obstante, parece venir en mi dirección, puesto que el profundo aullido se va acercando más y más. Aguzo el oído, procurando aislar el aviso del can del ruido de la lluvia que aumenta su fuerza. Ya no hay duda, lo que sea a lo que persigue el perro, viene hacia mí. Rezo para que el motivo de la ladra sea una pieza “cazable” y que me pase lo suficientemente cerca para poder divisarla. Apresuradamente, limpio una vez más las lentes del visor y me escondo tras el grueso tronco del árbol.

         De pronto lo veo aparecer. Es un bonito venado de oscura cuerna que, con su trote elástico, parece mantener la distancia al terco sabueso que pregona a los vientos su huida. Se va tapando con los árboles y aunque intento meterlo en la mira telescópica, es casi imposible poderlo apuntar. Mientras aumentan los latidos del corazón, me echo un poco hacia la derecha y tomo una determinación. Con angustia, coloco la cruz del visor entre los troncos de dos robles, por donde calculo que va a pasar el ciervo que se ha transformado para mí en el centro del universo. Cuando observo que aparece el bulto en la lente, oprimo el gatillo y una enorme fuerza golpea violentamente al venado, haciéndolo caer a tierra como si le hubieran cortado los hilos a una marioneta. Miro hacia arriba bendiciendo mi suerte, mientras el agua moja mi cara. Después, respiro profundamente y decido que, a partir de ahora, puede seguir lloviendo todo lo que quiera, puesto que ya se ha cumplido el sueño por el que vine a cazar a esta hermosa sierra burgalesa.

         Prudentemente, me acerco al ciervo que ahora reposa sobre la verde y húmeda alfombra. Observo el pequeño orificio sangrante en la tabla del cuello, comprobando que el pequeño y caliente proyectil RWS de 150 grains hizo perfectamente su labor. Es un animal precioso y gordo, con una piel lustrosa que ahora empapa blandamente el agua. Su testa está coronada por una recia, simétrica y perlada cuerna de diez puntas, que supone el más sano orgullo para mí, su matador. Internamente le doy las gracias y le ruego que me perdone por quitarle una vida que discurrió en la libertad de estos montes siempre verdes. Luego me vuelvo al puesto y dejo que la lluvia siga resbalando sobre mi traje de agua.

         Durante un tiempo, me parece escuchar algún tiro aislado y una nueva ladra pasa bastante lejos de mi situación. El agua ha acabado de empapar todos mis archiperres y la esperanza de un nuevo lance se va diluyendo con la lluvia. Mucho rato después, aparece el resto de los compañeros que admiran la hermosa pieza que me concedió el destino. Las fotografías serán un entrañable recuerdo cuando las añeje el tiempo y la distancia. Dejando al venado allí donde cayó, para que sea recogido por la gente auxiliar, nos dirigimos al siguiente gancho.

         El resto de la jornada es una continua lucha contra la persistente lluvia que no nos da un respiro. Todavía me tocará vivir el lance de abatir una cierva –acción recomendada por los guardas- en el tercer tiro a una pieza lejana y a todo correr, pero mi mente está todavía en el primer puesto, de donde ya deben haber recogido al venado.

         Cuando acaba la tercera batida, estamos totalmente empapados, empezamos a notar los síntomas del frío y solo pensamos en la comida y en el calor del albergue. Pero… ¡todavía no han acabado los sacrificios! En el bar, casi oscureciendo, me comunican que se han perdido varios perros y que nadie ha bajado del monte a mi venado. Para entonces, las calles son verdaderos ríos achocolatados y hay que tener mucha afición para volver así al campo. No obstante, siempre surge la buena gente y Felipe el guarda, Ángel el postor, mi amigo Miguel Ángel, el conductor del Land Rover y yo mismo, emprendemos la marcha hacia la sierra, mientras aquello ya es un verdadero diluvio.

         Por carriles inverosímiles, que arañan el monte y la semioscuridad, los faros del vehículo trazan cuchillos de luz entre los árboles. Sin una duda, el viejo postor nos lleva al sitio exacto donde reposa el ciervo. Lo subimos al Land Rover y, de vuelta al pueblo, voy acariciando -disimulada y orgullosamente- la perlada cuerna del trofeo. Cuando llegamos al bar, se ha ido bastante gente y sólo quedamos nosotros y el cazador del otro venado que se abatió en el primer ojeo.

         No habiendo matadero, sala de despiece, ni nada similar, no hay otra solución que aviar la res en la plaza del pueblo, cubiertos con paraguas, alumbrados por linternas y aprovechando la corriente de agua que pasa por al suelo para lavar todo lo necesario de la operación. De nuevo, Miguel Ángel y los demás, se portan como buenos amigos y cazadores de ley, efectuando estas labores mientras, dentro del bar, se miden y se liquidan los trofeos de la batida.

         Con las canales de las reses en la furgoneta de los amigos, emprendemos la vuelta a Barbadillo donde, tras un cambio de ropa seca, el calor y la opípara cena nos devuelven al mundo de la comodidad. Caemos rendidos en la cama y me duermo rememorando el lance que me ha dado un nuevo trofeo y un entrañable recuerdo de estas tierras.

         Cuando nos despertamos al día siguiente y miramos por la ventana, el blanco de la nieve que cubre todo el pueblo, nos avisa que se acerca la Navidad.

            

El guarro de «El Terrero»

Publicado en la revista «Caza y Pesca» en julio de 1997

Estoy sentado en un escaño, hecho con un corte de un grueso tronco, a la puerta de la casa de mis amigos, viendo cómo las gallinas se afanan en picotear aquí y allá los granos extendidos y los pequeños insectos que abundan por doquier en el suelo de tierra que, de puro barrerlo mil veces, parece que brilla como si fuera de cerámica. Un gato se estira perezosamente y el aire frío de esta tarde nublada de febrero baja desde la sierra aromas de promesas cazadoras que me embargan el alma.

Parece que cuesta trabajo el levantarse de esos momentos de sosiego pero, por otra parte, estoy deseando empezar la actividad de la caza, que me llena al máximo y pone todos mis sentidos alerta; así que comienzo a preparar los pertrechos de la espera, con la experiencia y la cadencia de algo hecho mil veces.

Compruebo concienzudamente si voy colocando el rifle, la munición, el macuto con todo lo necesario, las mantas, la silla y observo cómo Adolfo, después de lavarse las manos de las duras tareas del ganado, prepara también sus cosas que se reducen a un capote, una linterna y un par de rosquillas que empieza a comer golosamente.

Al empezar a caminar espantamos un poco a los perros para que no tengan la ocurrencia de seguirnos y comienza mi compañero a contarme que, aunque “El Dentista» hace unos días que no entra a los cebaderos, si lo están haciendo dos o tres guarros que, sin ser «superiores» como él, son bastante buenos y uno de ellos, en concreto, se baña en «El Terrero» y mi amigo lo está cebando todos los días con un puñado de bellotas que debe comer con glotonería ya que no deja ni una. Su huella es bastante buena y Adolfo calcula que su peso pasará de los ochenta kilos. Con estas noticias parece que mi paso se acelera y que la impedimenta pesa menos. Ya me estoy imaginando dentro de un rato habiéndomelas con ese buen cochino y, sin poderlo evitar, un suspiro se me escapa de lo más hondo del pecho.

Subimos a buen paso por la estrecha vereda rodeados de monte bastante alto y fuerte, mientras los nublados empiezan a aclararse  y trozos de cielo azul comienzan a jugar al escondite con las nubes. El penetrante olor del monte es cada vez más fuerte mientras coronamos el cerro y, ante nuestra vista, se extiende en oleadas el verdor del monte hasta llegar al gris de los riscos de la cuerda que estará como a un kilómetro de nosotros. Nos  vamos instalando en el puesto que está en una ladera de solana, sobre un arroyo muy pequeño y, por la ladera frontera, se ve bajar un pequeño hilo de agua que forma la baña a la que hemos bautizado de «El Terrero», junto a la que Adolfo coloca a diario la bellotil pitanza que el guarro se toma como aperitivo al salir de el baño.

Oscurece sobre las siete y el cielo se ha ido despejando paulatinamente, así que la luna casi llena, que mañana estará en plenilunio, alumbra bastante bien todo el escenario de la posible escaramuza, por lo que se apuntará perfectamente caso de que, efectivamente, se imponga el disparo.

Ha pasado un buen rato y menos mal que estoy bien arropado con las mantas porque, con lo raso que se ha quedado, la noche se ha ido refrescando y la humedad se va poco a poco metiendo hacia los huesos. Aún así disfruto de cada minuto, de cada segundo de esta espera, de este aguardar a que aparezca el viejo jabalí separándose del amparo del monte acogedor y todo el escenario cobre vida supeditándose a los movimientos del animal que polarizará los rayos de la luna bañándose y recreándose sobre su tosca anatomía.

Y así pasan las horas, rápidas y lentas al unísono, salpicadas de vez en vez con suaves y extraños sonidos que agujerean la noche y rompen el hilo de nuestros pensamientos mientras se van deslizando hacia la semioscuridad exterior.

De pronto, serán las nueve y cuarto, me dice Adolfo en un susurro que ha oído claramente el sonido del guarro que se acerca por arriba y hacia la izquierda de nuestra posición. Escuchamos atentamente durante un buen rato sin volver a escuchar absolutamente nada, pero se que el oido de mi amigo,educado durante generaciones de antepasados, está preparado para oir los suspiros del monte, por lo que no nos movemos ni hacemos el más leve ruido pensando que, a su vez, el cochino estará muy atento escuchando todos los sonidos para intentar captar alguno no habitual que pueda indicarle la existencia y situación de algún peligro que amenace su vida, lo que le haría emprender rápidamente la marcha para zafarse de la probable agresión.

Habrá pasado un cuarto de hora cuando le oímos perfectamente, abajo en la oscuridad del reguero. «¡Está ahí!» le susurro a Adolfo mientras, muy lentamente, le paso los prismáticos. A simple vista, con el corazón acelerándose por momentos, veo salir el bulto negro del arroyo y subir hacia el cebadero, que está a unos diez metros más arriba. Por fin se cumple el sueño que estábamos esperando. Ha aparecido de pronto el protagonista de esta obra cinegética, sobre el escenario de jaras y chaparros y con la iluminación plateada de la luna.

La silueta negra, que es muy grande por lo que sé que corresponde a un buen guarro, llega al cebadero y en esa misma postura, sin cruzarse, empieza a devorar las bellotas glotonamente. A cada una de ellas que come mueve la cabezota de un lado para otro y escucha atentamente. Para entonces ya tengo colocado perfectamente en la horquilla el rifle -que he subido muy lentamente- y, a través del visor, estoy viendo con claridad al animal. Debido a su postura de espaldas, observo las puntas plateadas de las orejas e, igualmente, como le blanquea la jeta al comer los dulces frutos. Pero, a pesar de todo, no veo la cruz fina de la retícula por lo que no puedo disparar. El guarro no cambia de posición y a mí empiezan a comerme los nervios.

Llevará comidas doce o catorce bellotas cuando pienso que quizás decida irse al siguiente cebadero, que llamamos el de «El Pájaro» por lo que, enfadado por mi mala suerte que me está haciendo rozar el triunfo pero no conseguirlo, decido disparar y cuando el cochino mueve la cabeza hacia la derecha -una vez más intentando recoger el más leve sonido- oprimo el gatillo y el estruendo del disparo resquebraja por unos momentos todo aquel equilibrio que estaba depositado bajo la luna.

Ahora oímos correr al jabalí hacia el cerro de nuestra derecha durante unos cuantos cientos de metros y luego el silencio más absoluto se extiende como una losa sobre la sierra. Parece que vuelvo a notar la brisa en la cara recuperando esos olores que durante los últimos minutos habían desaparecido en el clímax de la emoción y, con ellos, empieza a apoderarse de mí esa duda típica de no saber si has acertado y si has hecho todo como debías o te han vencido los nervios a la hora de la verdad. En ese desasosiego empezamos a recoger todos los bártulos y descendemos hacia el reguero, lo cruzamos y en pocos pasos estamos en el cebadero donde, por desgracia, no vemos sangre ni señales de haber acertado el tiro, por lo que empezamos a pensar en un posible fallo. A pesar de todo recuerdo que, cuando disparé, la cruz del visor estaba firme, bien apoyado el arma, por lo que entiendo que debo haberle acertado.

Decidimos, dadas las circunstancias, bajar a buscar los perros para que puedan ayudarnos, o mejor dicho, solucionarnos el cobro y, un poco cansinamente, descendemos por el carril desde el cerro hacia la raña, parándonos a medio camino desde donde Adolfo silba suavemente a sus perros. Parece imposible que a esa distancia tan enorme a la que se encuentran los porches puedan oír la llamada de su amo los animales. Pasa un buen rato durante el que estoy pensando que tendremos que bajar hasta la casa pero, de pronto, se oye un ligero rumor entre el monte y aparecen los dos careas, «El Cachuli» y «La Pili», que se deshacen en carantoñas con mi compañero quien, sin más preámbulos, los encamina por el carril de nuevo hacia arriba, al escenario del tiro, un poco más animados nosotros por la ayuda canina.

Al llegar «al lugar de los hechos» empiezan rápidamente los perros a rastrear muy excitados. Andan olfateando sobre el tiro, suben y bajan del cerro hasta el reguero, pero nos vamos dando cuenta que no están «fijos» y nuestras sospechas de fallo van paulatinamente en aumento. Vuelven mohínos los canes a nosotros sin cumplir, por esta vez, su objetivo y , con una última mirada y un suspiro que quiere decirlo todo, nos bajamos para los porches con el disgusto de no haber podido, o no haber sabido, culminar el lance.

La luna, a nuestras espaldas durante la bajada, nos va enredando en sombras chinescas con las jaras y los chaparros mientras dirijo la mirada a esos cerros y a esas rañas tan queridas para mí y que me evocan recuerdos de otras muchas noches de mejor o peor fortuna en los lances de caza. Muy lejos, las luces de pueblos conocidos y los faros del vehículo de algún guarda responsable trazando vericuetos por alguna sierra lejana e inmensa, dan un toque de civilización en la cuasi prehistoria de este mundo verde oscuro de montes y noche.

Nos reciben al llegar a la casa el resto de los perros con sus ladridos de alarma que después se vuelven halagos al reconocernos y, sobre todo, a su dueño. Contamos al resto de la familia toda la aventura que hemos vivido desde que salimos al caer la tarde y, aunque insisten mis amigos en que me quede a cenar, tengo la garganta reseca y ningún apetito, por lo que decido venirme para casa. Conduciendo por las numerosas curvas de la carretera voy pensando en dónde estará ese animal. Quizás herido gravemente o quizás muerto debajo de una jara mientras le está velando la luna casi llena.

Al día siguiente Adolfo y José Luis comienzan el pisteo en el lugar del tiro. Durante los primeros doscientos metros no da nada de sangre y, a partir de ahí, van encontrando unas pequeñas gotitas que luego empiezan a mezclarse con «verdín”… ¡mala señal!. Deducen, por ello, que va empanzado, pero lo extraño es que el tiro fue desde atrás. Cuando llevan pisteando más de medio kilometro (calculan que unos setecientos metros), son las once de la mañana y tienen que abandonar para atender inexorablemente las labores del ganado.

Al otro día por la tarde, ya casi sin esperanzas, aparece por los porches Julián, el hermano de Paula, quien se ofrece a continuar el pisteo y al que le dan indicaciones exactas de dónde lo habían abandonado ellos. Asciende rápido hacia los cerros de la derecha del laderón, llega hasta la última señal que dejaron el día anterior los pisteadores, recorre unos doscientos metros más hacia arriba y, casi por casualidad, encuentra el jabalí muerto en un arroyo «selvático». Baja para buscar ayuda en José Luis y, entre los dos, se las ven y se las desean para poder sacar al animal de aquella maraña y bajarlo hasta las casas.

Resumen : El guarro había recorrido casi un kilometro con un balazo del 30-06 que le había hecho una trayectoria por la que, destrozando el jamón derecho y rozando la «bola» del hueso, interesaba todo el intestino hacia adelante y destrozaba, a su vez, la paleta del lado izquierdo. ¡Parecía imposible que, con esta herida, hubiera podido caminar tanto y, más aún, faldear y con tendencia hacia arriba por los cerros de la umbría!.

Al conocer por teléfono la noticia pienso que, después de varios fallos seguidos, por fin hemos tenido suerte y, sobre todo porque el guarro, según me cuentan mis amigos, es muy bueno, pasando de los noventa kilos de peso y unas defensas bastante buenas que me recordarán para siempre este hermoso lance.

Rondando con la luna

Artículo publicado en septiembre de 2014 en la revista «Caza y Pesca»

Dentro de la caza mayor en nuestro país, existe una genuina modalidad -hoy casi en desuso- que nos lleva rápidamente a recordar al maestro Covarsí, por lo apasionadamente que él la practicó y por las descripciones que de ella hizo en sus escritos. Me refiero a la “Ronda Extremeña” a la que el mencionado Montero de Alpotreque elevó a la categoría de mito en los relatos de sus libros que hoy leemos con avidez y nostalgia.

         El objetivo de esta cacería era el jabalí y la cuadrilla la componían unos pocos cazadores -normalmente a caballo aunque se puede hacer a pie- acompañados de una o varias recovas de perros perfectamente adiestrados para este tipo de caza. El equipo del rondador, además de su montura, lo componían los zahones, anchas espuelas, látigo para los perros y afilado cuchillo de remate. Completaban la partida algunos criados a caballo que llevaban los perros heridos y las alforjas con el resto de la impedimenta.

Las recovas, normalmente de unos veintitantos canes, estaban compuestas por dos tipos de perros: los “buscas”, generalmente podencos y, en menor proporción, los de “agarre”, normalmente alanos y mastines que solían llevar collares de defensa. Estos últimos eran de una fiereza extrema rayana en la locura, ya que una vez que mordían al guarro, no soltaban su presa incluso en el caso de quedar muertos en el empeño.

Las rondas se practicaban en veraniegas noches de luna y las zonas elegidas para cazar eran preferiblemente dehesas con terrenos afables para poder cabalgar con los caballos. Primero se esperaba a la hora en la que se calculaba que los cochinos estuvieran comiendo en las rañas, separados una distancia prudencial del monte. Entonces la partida de cazadores a caballo recorría la linde –siempre con el aire en la cara- hasta que, llegados al lugar donde se suponía que estarían los jabalíes, soltaban los “buscas” que salían corriendo hasta dar con la partida de cochinos. Los jinetes, emocionados sobre sus monturas y manteniendo atraillados a los perros de “agarre”, escuchaban atentamente. En cuanto se oían los primeros ladridos de los podencos, señalando que habían establecido contacto con los guarros, liberaban a los alanos que acudían rápidamente al auxilio de sus compañeros. Cuando se percataban de que se había producido el agarre y que los perros sujetaban firmemente al jabalí, el jefe de la partida daba la señal convenida con la voz de “¡Ya está!” ylos cazadores salían a “uña de caballo”hacia el lugar de la refriega, para que el primero de ellos que llegara al escenario del combate, descabalgara y, limpia y valientemente, diera muerte al cochino con la acerada hoja de su ancho cuchillo de monte.

Los inconvenientes que podían surgir durante esos momentos cruciales de la cacería, eran que el cochino no aguantara la “parada” o que los perros lo “desorejaran”, saliendo huyendo el cerdoso en ambos casos, para no volverse a parar sabiendo lo que le esperaba detrás.

Un detalle a tener muy en cuenta, era el avisar a las fincas, pueblos y cortijos por las que iba a discurrir la ronda, para que guardaran todo tipo de animales domésticos ya que los perros, en el ardor de la cacería podían matar cualquier animal incluidas caballerías y ganado vacuno.

En este tipo de caza se producían situaciones de verdadero peligro, ya que había que sumar a los derrotes del cochino apresado, las carreras de noche con los caballos, existiendo la posibilidad de la caída en un barranco, la rotura de alguna pata de las monturas o la de verse descabalgado por la acción de una gruesa rama de encina colocada a la justa altura de la cabeza del jinete.

Como anécdota de esta modalidad de caza mayor, recordamos la que cuenta Covarsí en el capítulo “El Cuchillo Misterioso” de su libro “Trozos Venatorios y Prácticas Cinegéticas”, en la que un rondador llamado Agustín, dotado de mucho valor y de una fuerza descomunal, se apeó el primero del caballo y asestó una profunda cuchillada a un gran jabalí aculado en lo más profundo de un barranco. Cuando acabó la refriega, echó en falta la funda de su cuchillo sin que por más que la buscara como un loco -mientras gastaba entera una caja de cerillas- pudiera dar con ella. Los compañeros le ayudaron en la búsqueda, llegando a quemar varias ramas sin conseguir recuperar la vaina del arma. Ya en el cortijo, el asombrado cazador siguió dándole vueltas al asunto sin comprender donde podría haber olvidado la dichosa funda que, al final, fue a aparecer en la propia herida producida en el cuerpo del cochino. La explicación es que los cuchillos de entonces los hacían los propios herreros de los pueblos, fabricando las fundas normalmente de hoja de lata sin virola en la punta. Dadas las peliagudas circunstancias y el peligro del lance, se confirmó que el arrojado rondador tiró el “viaje” de su cuchillo sin pararse siquiera a desenfundarlo, llegando con el arma y su vaina hasta el corazón del viejo solitario.