El perro en las esperas

Publicado en la revista “Caza y Pesca” de agosto de 2002.

Decíamos en otra ocasión que, para que haya caza, deben existir fundamentalmente tres cosas: cazador, pieza y arma. Pero… ¿Qué sería de los guisos sin los condimentos? En ese apartado, los cazadores incluimos multitud de accesorios, ropas, querencias, vehículos y… algún que otro amuleto que nunca nos ha fallado, por lo que estamos convencidos que nos dará suerte en la próxima aventura. Pero si además de ese condimento lo que buscamos es un compañero, enseguida aparece nuestro amigo el perro de caza. Por lo tanto, es normal y gratificante que en cualquier modalidad venatoria salga a relucir el can, sea de muestra en la menor, de rehala en las monterías o cobradores en los ojeos de perdiz o acuáticas. Sin embargo, es curioso que en esta pasión de las esperas, no se suele hablar mucho del perro. Vamos a romper una lanza en su favor.

Partamos de la base que, aunque llevemos muchos años en el monte, nunca acabaremos de ser unos maestros del pisteo. Yo, en mi caso, lo reconozco. Este “título” sólo lo consiguen verdaderos hombres de sierra, que viven en contacto permanente con ella y que, por lo mismo, leen sobre su terrosa piel como nosotros en un libro. De los que yo he tratado, únicamente puedo señalar a Tío Francisco, a Adolfo y a Jesús “El Hubero”. Necesitaremos entonces “alguien” que nos haga ese delicado trabajo. Aquí aparece el perro de sangre. Veamos que características debe poseer y cual debe ser su raza.

Definiremos que “El perro para una espera es aquel que, simplemente tiene que estar picado y enseñado a cobrar un cochino al que se ha disparado y no se ha quedado en el tiro”. ¡Ni más ni menos! En dos líneas hemos definido el trabajo de un perro preparado para que nos sirva como ayudante en nuestros aguardos, pero no hemos dicho todo lo que hay detrás del “escenario”, es decir, las múltiples horas de enseñanza que hemos tenido que dedicar al animal desde cachorro para que vaya entrando en su cerebro lo que queremos de él. A diferencia de los de muestra, el perro de rastro no necesita “parar” la pieza, sino seguir su rastro (con sangre en el caso del animal herido) hasta encontrarla. Para enseñarle a efectuar esta función, iremos haciendo rastros artificiales con sangre de las propias reses (mezclada con algún anticoagulante), complicando esos rastros hasta conseguir hacer un perro maestro que pueda encontrar la pieza abatida después de veinticuatro, treinta y seis e incluso más horas transcurridas desde el disparo. También es cierto que el aprendizaje es más rápido que en los de muestra. Una salvedad: los perros de los hombres de sierra “aprenden solos” por la continua experiencia a la que son sometidos.

Dentro de los perros de rastro tendremos los que llegan hasta la pieza y se quedan junto a ella, latiendo con un “aullido de muerte” o los que vuelven a buscar a su dueño y le conducen hasta la res abatida. También los podemos utilizar colocándolos una larga trailla, pero a mí particularmente no me convence este sistema, pues siempre se me acaba enredando en el monte y, al final, acabo hecho un lío. Si el perro es de buen tamaño y la pieza está lo suficientemente herida, el can deberá morderla y sujetarla e incluso acabar de darla muerte.

Conocido ya nuestro “colaborador”, situémonos en el puesto de espera en una preciosa noche de luna con el aire bajando de la sierra. El perro, nuestro o de la finca, lo habremos dejado en la casa. Sólo he conocido a un “chucho” que era capaz de estar con su amo –antiguo furtivo y guarda ejemplar de la zona de Los Navalucillos– durante una espera sin mover ni un solo músculo. Cuando empecé con los aguardos –hace muchos años- intenté enseñar a mis teckels a estar así en el puesto. Nunca lo conseguí. Desde entonces me da verdadero pánico que pueda espantarme un “macareno” en el critico momento. Mi consejo es que, repito, lo dejemos en la casa o en el coche.

            Siguiendo con la secuencia, hemos tenido suerte, nos ha entrado el viejo macho que esperábamos y, si hemos hecho todo bien, el premio inmediato a un disparo certero es ver caer al jabalí como un saco de patatas, oír si acaso un par de estertores y luego, mientras nuestros nervios empiezan a relajarse, escuchar el silencio de la noche que  vuelve a concentrarse en su dulce negrura. No hagamos nada, sólo respirar profundamente y guardar en nuestro corazón esos momentos preciosos que nos acompañarán durante el resto de nuestra vida.

Pero… no siempre es así. Algunas veces, aún herido de muerte, el jabalí no se queda en el sitio y entonces deberemos actuar. Primeramente escucharemos todos los sonidos que puedan orientarnos sobre la huida del cochino herido. Después dejaremos pasar un rato y cuando la quietud se haya adueñado del entorno, recogeremos todo lentamente, sin prisas, y, con muchas precauciones, nos acercaremos al lugar del tiro, para encontrar todas las señales que utilizaremos en la decisión de intentar cobrar el guarro a “renglón seguido” o a la mañana siguiente. En cualquiera de los dos casos, además de nuestro propio pisteo, deberá entrar en acción el perro de sangre.

En cuento pongamos a nuestro auxiliar en la pista -más aun si el jabalí herido va dando algo de sangre- parecerá que se transforma, la afición le hará temblar y, con seguridad  por su parte y emoción por la nuestra, nos deberá llevar hasta el cochino muerto. Una ventaja añadida es que, en el caso de que todavía esté vivo el cerdoso, el perro será el que se lleve la primera acometida. El mismo ladrido del can nos dirá si el guarro está muerto o solamente herido, pero con suficiente vida para atacar a nuestro ayudante y darnos un susto a nosotros. Este sistema tiene el defecto de que, si el jabalí no está muy “tocado”, podemos levantarle y, en caliente, no se detenga y trasponga la sierra, no cobrándolo nunca. Por esta razón, nunca deberemos emprender el pisteo hasta pasadas por lo menos dos horas del disparo.

Hablando de razas, creo que cualquiera de ellas puede valernos ya que he visto hacer cobros excepcionales a sabuesos, bracos, teckels -como mis dos ejemplares “Eros” y “Toro”jagdterriers, drahthaar y otras razas de “categoría”, pero tengo una especial predilección por los humildes “mil leches de rabo retorcido” de mis amigos furtivos y guardas, o los listísimos careas de pastores y cabreros. Estos últimos me han hecho vivir los mejores cobros de guarros que creí perdidos y que conseguí recuperar gracias a esos fieles colaboradores que, como premio, solo piden una pequeña muestra de afecto por nuestra parte. Vaya desde aquí mi recuerdo para el “Cachuli”, la “Soley la “Pili de mi amigo Adolfo.

Para terminar, dejadme transcribir algo que escribí hace tiempo y que, con mi teckel Eros de protagonista, es un lance para el recuerdo. Había tirado uno de los socios a un buen cochino la noche anterior. Por la mañana, con varios perros de todo tipo, emprendemos el pisteo. Esta es la narración: “Con buen humor, fresquito en el ambiente y algún resoplido por el esfuerzo madrugador, llegamos pronto al puesto de «El Navajo» y estudiando las señales del tiro enseguida empezamos a ver sangre. Pronto comenta Adolfo que el animal va dejando pistas que demuestran algo extraño en sus extremidades. Esto podría indicar la causa por la que, al recoger al esperista, escucháramos al guarro varias horas después del disparo. Estamos en estas divagaciones, personas y canes, cuando se oye el ladrido de un perro a unos trescientos metros monte arriba. Como todos conocemos al autor de las exclamaciones gritamos al unísono: ¡el Eros! y salimos corriendo repechando hacia el lugar de los ladridos. A mi lado, mi hermano empuña una escopeta Franchi semiautomática cargada con bala. En pocos minutos somos los primeros en llegar al lugar de la refriega… ¡y el espectáculo es digno del mejor cuadro de caza! El guarro está herido pero completamente vivo y el Eros, que no ha vuelto a ladrar en los últimos momentos, materialmente colgado de los testículos del cochino. Antonio apunta rápidamente su arma y cuando va a disparar, detengo su acción, diciéndole que no lo haga, ya que observo que el animal tiene las dos manos partidas a bastante altura. En ese momento llega el resto de los perros y se organiza una barahúnda de ladridos y dentelladas, hasta que Carlos hunde su cuchillo en el codillo del viejo jabalí, que deja definitivamente de sufrir.”

Algunos consejos para la espera

Publicado en la revista «Caza Castilla La Mancha» en noviembre de 2011

Cuando me refiero a consejos no intento enseñar a los que, probablemente, saben mucho más que yo en esto de las esperas, pero mi experiencia a lo largo de muchísimos aguardos, con algunos éxitos y, más frecuentemente, con calabazas, me ha ido enseñando a mí mismo algunas normas y trucos que quizás le puedan valer al aficionado que se inicia en una modalidad de caza mayor tan emocionante y tan autentica como es la espera a los guarros en las noches de luna. Así pues… ¡a ello!

En vísperas de hacer una espera, lo primero será tener “bien registrado” el escenario del aguardo y las variadas tarjetas de visita que nos dejará el jabalí, intentando siempre hacer este reconocimiento en las primeras horas de la mañana para no dejar nuestros rastros. Una vez bien estudiadas las huellas, las bañas, las señales dejadas en los árboles, así como las entradas y salidas del monte, podremos deducir si el ejemplar merece que le montemos la espera o si solamente acude una partida de guarras con “primalones” a la que deberemos respetar.

Decidido el aguardo, procuraremos no alterar el entorno en los días anteriores por lo que no tocaremos las bañas, el puesto o el comedero –cuando esté permitido- y, por supuesto, no cambiaremos en este el tipo de cebo. En definitiva, dejaremos todo tal y como lo está encontrando el “macareno” al que pensamos sorprender. Al hilo de este asunto de la comida, debo decir que desde que yo empecé con las esperas se han puesto tantos cebaderos en el campo y se han probado tantas combinaciones de alimentos que los jabalíes los toman muy mal y cada vez andan más escamados. Hace años, nosotros sólo necesitábamos una noche o dos para sujetarlo con un puñado de trigo o maíz y a la tercera nos colocábamos con bastante certeza de que íbamos a tirarle.

La tarde de la espera llegaremos pronto al coto, procurando no perder tiempo en asuntos que deberemos tener antes solucionados, aunque siempre nos complicaremos echando gasoil porque ya estamos en reserva o tomando un café en algún bar de la carretera donde alguno se proveerá de una botella de agua y otro quizás de un bocadillo que se olvidó en la cocina de su casa.

Llegados a la finca y desde el primer momento, conviene hablar bajo y eso debe ser fundamental porque en el campo, salvo las voces de los perreros en su momento, los disparos justificados y poco más, no debemos perturbar la paz de la naturaleza. Si es posible, dejaremos el coche lejos, aunque como ya hemos dicho se puede acercar a algún esperista porque estoy convencido que los guarros se extrañan bastante menos del sonido de un motor que de la voz humana. Con los rastros pasa igual, así que, en todo caso, es casi mejor que corten el del vehículo que el de nuestras pisadas. A la hora convenida, nos acercaremos al puesto en silencio (por si acaso) y por el lado contrario al que suponemos utiliza “el comensal”, con todas las necesidades fisiológicas hechas a prudente distancia del sitio.

Sin son varios los esperistas, conviene dejar muy claro la hora de retirada y las señales a efectuar en este sentido, no moviéndose del puesto innecesariamente y haciéndolo siempre, incluso en el pisteo y en el regreso, con una linterna encendida.

Una vez en la postura y siempre con el menor ruido posible, lo primero que haremos será cargar el arma y efectuar un par de pruebas con ella, ejercitando el movimiento que haremos al encarar para procurar que no roce en ningún obstáculo. Luego la dejaremos a mano y con el seguro puesto. Si decidimos comer algo, debemos hacerlo también enseguida, si no por hambre sí por evitar algún ruidillo inoportuno del estomago y quizás en invierno para aumentar nuestras calorías que falta nos van a hacer un rato después. Y por último y quizás lo más importante, nos armaremos de paciencia para aguantar las horas que sean necesarias. 

Ahora es cuando empieza de verdad la espera y es momento de repetir “mis” dos normas básicas que van intrínsecas en el nombre de esta modalidad de caza mayor: quietud total y silencio absoluto. Esa es la verdadera esencia del aguardo y el resto son, simplemente, las especias que se añaden al montuno guiso.

Admitido lo anterior, se trata ahora de disfrutar de ese estado de comunión íntima con el monte y la noche, mientras nuestros sentidos, sobre todo el del oído, están totalmente alerta. Incluso se puede llegar a una situación de duerme-vela en la que parece que estamos dormidos pero con el oído trabajando al máximo. Pasan las horas y aunque no hayamos sentido absolutamente nada, el cochino puede estar en el borde del monte, escuchando y aireándose durante mucho rato. Utilizaremos, según las circunstancias, los prismáticos, pero haciendo los movimientos siempre muy lentos para no delatarnos y, desde luego, procuraremos no levantarnos por ningún motivo. Debemos intentar aguantar esas horas en la máxima inmovilidad que ya tendremos tiempo de relajarnos en el sofá de nuestra casa.

Si logramos escuchar al guarro cuando se acerque, encararemos muy lentamente el rifle, lo apoyaremos en el sitio prefijado porque pueden pasar varios minutos hasta que aparezca el invitado y estaremos apuntando. En cuanto entre el guarro al “albero”, lo juzgaremos con la mayor rapidez posible y decidiremos si es él el que esperábamos y al que vamos a disparar. Si estamos decididos, corregiremos la puntería, esperaremos la primera parada y, asegurando de nuevo la puntería, oprimiremos suavemente el gatillo. Si hemos hecho bien las cosas hasta ahora, probablemente tengamos al cochino dando los últimos estertores en el suelo. Hay a quien le emociona dejarle unos minutos mientras come o se mueve por la clara, pero a mí eso no me convence porque puede suceder que un revoque del aire, un ruido extraño o incluso el disparo de otro esperista ponga en fuga al cochino que ya creíamos nuestro. La caza suele dar suele dar normalmente una ocasión óptima que hay que aprovechar.

En el caso de no haber escuchado su aproximación y que, por ello, el guarro nos sorprenda, lo primero que veremos es el bulto negro, momento en el que no debemos perder los nervios y nos estaremos totalmente quietos. El animal hará paradas y escuchará atentamente. No moverse, repito, y esperar que llegue al cebadero y empiece a comer glotonamente. Entonces, muy lentamente, levantaremos el rifle y… ¡ya sabemos lo que tenemos que hacer!

Del disparo en si, algunas puntualizaciones: apuntar con cuidado a la zona de la paleta y no al bulto, pues un cochino de noche, con un tiro en la tripa, es un mal negocio. Lo volveremos a repetir: si de día es importante apuntar bien, de noche es imprescindible para, en la medida de lo posible, procurar que el guarro se quede en el tiro con el menor sufrimiento o que recorra herido la menor distancia hasta caer muerto.

Supongamos que el cochino ha salido corriendo como un cohete, lo cual puede ser buena señal pues probablemente irá herido de muerte. Sin movernos, nos quedaremos escuchando atentamente para saber si va “rompiendo mucho monte”, si gruñe o da algún estertor, si ruedan piedras o nos ha perecido oírlo caer al suelo, y en definitiva hacia donde ha huido y hasta donde hemos podido escucharlo. Esos primeros datos serán importantes en el siguiente lance del pisteo. Cuando vuelva el silencio, recogeremos todo sin prisas, con cuidado y sin ruido para después, con muchas precauciones, acercarnos –con la linterna- al lugar donde estaba el guarro en el momento del tiro, donde veremos si hay sangre, estudiaremos las arrancadas y todos los detalles que podamos para decidir si lo intentamos cobrar esa noche o al día siguiente. La prudencia aconsejaría siempre lo segundo porque, además, en la primera parada, si está bien pegado, es seguro que se quedará definitivamente, pero este tema va ya en la experiencia del esperista y en la del práctico que podamos tener a mano. En cualquier caso prudencia mezclada con prudencia da buenos resultados. Estamos de noche y con un valiente y luchador animal herido… ¡no lo olvidéis! 

Tampoco estará de más un buen perro de rastro muy picado en estas lides que nos puede cobrar el cochino y en el peor de los casos evitarnos un disgusto al “cantarnos” que el jabalí está vivo todavía aunque, por desgracia, él se lleve la primera tarascada. Recordando a nuestro querido “esperista digital” del artículo anterior, debo reconocer que no he sido capaz de enseñar bien a un perro y eso que he tenido buenos teckel y que mi perra Beagle –llamada Luna porque no podía llamarse de otra forma- tiene un olfato excepcional y en las pocas veces que la he necesitado me ha llevado directa al cochino. Por eso los dejo en el coche o en la casa hasta precisar su ayuda.

Al finalizar el pisteo, os deseo de corazón que rematéis el lance encontrando a “vuestra” pieza, inmóvil en la clara noche, con unas preciosas navajas que le brillarán con la luz de la luna y luego, en la casa, a la luz y el calor de la lumbre de encina o chaparro, rememoréis mil veces el lance que ya os acompañará siempre en vuestra memoria a través de los años… ¡vale la pena, os lo aseguro!

Cómo últimas acciones, deberéis llevar la muestra del cochino al veterinario” pues la Triquinosis es una terrible enfermedad y no os olvidéis de dar el oportuno parte del resultado de las esperas al organismo correspondiente en el caso de que el permiso se nos haya concedido por daños o incluirlo en su día en el resumen de capturas del coto.

Para el final dejo la estupenda cena que, unas noches después y con reminiscencias de los famosos e irreductibles galos –aunque sin la ramplona música del bardo-, celebraremos con los amigos, en la que como plato principal figurará la sabrosa carne del astuto y viejo cochino montaraz que, bajo una inmensa luna llena, tuvimos la suerte y el placer de abatir en la más bonita y emocionante modalidad de caza mayor que se puede practicar: el aguardo nocturno al jabalí.

Un venado pasado por agua

Publicado en el número 83 de la revista “Hunters” de marzo de 2004.

La Sierra de la Demanda debe ser una maravilla. Y digo debe ser, porque durante mi primera visita a la zona, para asistir a una batida en la Reserva Regional, no dejó de llover ni un minuto, mientras las nieblas se agarraban a las cumbres y la visibilidad era limitada. Aun así, pude entrever algunos retazos de aquellos montes, observando que los diferentes tonos de verdes se mezclaban como en la paleta de un pintor. Me consta que allí está la demostración palpable de la naturaleza todavía virgen y por ello, por la amabilidad de sus gentes, por su gastronomía y por sus estupendos venados, hago votos para volver en cuanto tenga ocasión.

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         La lluvia me rodea por todas partes produciendo múltiples sonidos, mientras aguanto estoicamente dentro del traje de agua que limita bastante mis movimientos. Del sombrero de hule –regalo de mi hijo Pablo- resbalan goterones sobre el rifle –el 30/06 de mi hijo Alfredo- que sostengo abrazado para evitar en lo posible el empañamiento de las lentes del visor. A mi alrededor, un bosque encantado de robles centenarios, con sus enormes troncos cubiertos de musgo, parece desafiar al tiempo y me recuerda  los cuentos de hadas de mi niñez. Pienso en cuantas cacerías habrán contemplado estos árboles que ahora me rodean. Atento a pesar de todo, ilusionado y sin dejarme intimidar por el aguacero, dejo vagar mis pensamientos…

Recuerdo que anoche, cuando, después de un viaje lluvioso por rutas del románico, llegamos Mariano y yo a Barbadillo de Herreros, el recibimiento fue cariñoso y el alojamiento acogedor en una añeja casona rural. Después apareció el resto de los amigos y, ya todos juntos, la cena pantagruélica y las copas de orujo dieron paso a los comentarios sobre la bondad de la cacería y, como no, sobre la penitencia que nos esperaba al día siguiente debido a la inclemencia del tiempo.

         Esta mañana, que amaneció igualmente gris y lluviosa, el sorteo en el bar –que regentan Rufino y Maite en Huerta de Arriba- me deparó el puesto número quince, encontrándonos al salir del cobijo del local que el temporal arreciaba cada vez más y que sólo nos restaba ejercer la resignación a la que estamos acostumbrados los cazadores. Tras un corto trayecto en coche, las posturas se colocaron en un camino con aspiraciones de arroyo, hasta que empezamos a subir por una ladera llena de robles que nos costó un esfuerzo extra, mientras que Ángel, el veterano postor con muchos años a sus espaldas, trepaba como si fuera un paseo para él. El puesto me gustó nada más llegar, aunque la lluvia…

         De pronto, como surgida del fondo de los sueños, rompe el hilo de mis pensamientos la monótona ladra de un sabueso que, sesgada por las ráfagas de aire y agua, me llega intermitente. No obstante, parece venir en mi dirección, puesto que el profundo aullido se va acercando más y más. Aguzo el oído, procurando aislar el aviso del can del ruido de la lluvia que aumenta su fuerza. Ya no hay duda, lo que sea a lo que persigue el perro, viene hacia mí. Rezo para que el motivo de la ladra sea una pieza “cazable” y que me pase lo suficientemente cerca para poder divisarla. Apresuradamente, limpio una vez más las lentes del visor y me escondo tras el grueso tronco del árbol.

         De pronto lo veo aparecer. Es un bonito venado de oscura cuerna que, con su trote elástico, parece mantener la distancia al terco sabueso que pregona a los vientos su huida. Se va tapando con los árboles y aunque intento meterlo en la mira telescópica, es casi imposible poderlo apuntar. Mientras aumentan los latidos del corazón, me echo un poco hacia la derecha y tomo una determinación. Con angustia, coloco la cruz del visor entre los troncos de dos robles, por donde calculo que va a pasar el ciervo que se ha transformado para mí en el centro del universo. Cuando observo que aparece el bulto en la lente, oprimo el gatillo y una enorme fuerza golpea violentamente al venado, haciéndolo caer a tierra como si le hubieran cortado los hilos a una marioneta. Miro hacia arriba bendiciendo mi suerte, mientras el agua moja mi cara. Después, respiro profundamente y decido que, a partir de ahora, puede seguir lloviendo todo lo que quiera, puesto que ya se ha cumplido el sueño por el que vine a cazar a esta hermosa sierra burgalesa.

         Prudentemente, me acerco al ciervo que ahora reposa sobre la verde y húmeda alfombra. Observo el pequeño orificio sangrante en la tabla del cuello, comprobando que el pequeño y caliente proyectil RWS de 150 grains hizo perfectamente su labor. Es un animal precioso y gordo, con una piel lustrosa que ahora empapa blandamente el agua. Su testa está coronada por una recia, simétrica y perlada cuerna de diez puntas, que supone el más sano orgullo para mí, su matador. Internamente le doy las gracias y le ruego que me perdone por quitarle una vida que discurrió en la libertad de estos montes siempre verdes. Luego me vuelvo al puesto y dejo que la lluvia siga resbalando sobre mi traje de agua.

         Durante un tiempo, me parece escuchar algún tiro aislado y una nueva ladra pasa bastante lejos de mi situación. El agua ha acabado de empapar todos mis archiperres y la esperanza de un nuevo lance se va diluyendo con la lluvia. Mucho rato después, aparece el resto de los compañeros que admiran la hermosa pieza que me concedió el destino. Las fotografías serán un entrañable recuerdo cuando las añeje el tiempo y la distancia. Dejando al venado allí donde cayó, para que sea recogido por la gente auxiliar, nos dirigimos al siguiente gancho.

         El resto de la jornada es una continua lucha contra la persistente lluvia que no nos da un respiro. Todavía me tocará vivir el lance de abatir una cierva –acción recomendada por los guardas- en el tercer tiro a una pieza lejana y a todo correr, pero mi mente está todavía en el primer puesto, de donde ya deben haber recogido al venado.

         Cuando acaba la tercera batida, estamos totalmente empapados, empezamos a notar los síntomas del frío y solo pensamos en la comida y en el calor del albergue. Pero… ¡todavía no han acabado los sacrificios! En el bar, casi oscureciendo, me comunican que se han perdido varios perros y que nadie ha bajado del monte a mi venado. Para entonces, las calles son verdaderos ríos achocolatados y hay que tener mucha afición para volver así al campo. No obstante, siempre surge la buena gente y Felipe el guarda, Ángel el postor, mi amigo Miguel Ángel, el conductor del Land Rover y yo mismo, emprendemos la marcha hacia la sierra, mientras aquello ya es un verdadero diluvio.

         Por carriles inverosímiles, que arañan el monte y la semioscuridad, los faros del vehículo trazan cuchillos de luz entre los árboles. Sin una duda, el viejo postor nos lleva al sitio exacto donde reposa el ciervo. Lo subimos al Land Rover y, de vuelta al pueblo, voy acariciando -disimulada y orgullosamente- la perlada cuerna del trofeo. Cuando llegamos al bar, se ha ido bastante gente y sólo quedamos nosotros y el cazador del otro venado que se abatió en el primer ojeo.

         No habiendo matadero, sala de despiece, ni nada similar, no hay otra solución que aviar la res en la plaza del pueblo, cubiertos con paraguas, alumbrados por linternas y aprovechando la corriente de agua que pasa por al suelo para lavar todo lo necesario de la operación. De nuevo, Miguel Ángel y los demás, se portan como buenos amigos y cazadores de ley, efectuando estas labores mientras, dentro del bar, se miden y se liquidan los trofeos de la batida.

         Con las canales de las reses en la furgoneta de los amigos, emprendemos la vuelta a Barbadillo donde, tras un cambio de ropa seca, el calor y la opípara cena nos devuelven al mundo de la comodidad. Caemos rendidos en la cama y me duermo rememorando el lance que me ha dado un nuevo trofeo y un entrañable recuerdo de estas tierras.

         Cuando nos despertamos al día siguiente y miramos por la ventana, el blanco de la nieve que cubre todo el pueblo, nos avisa que se acerca la Navidad.

            

El guarro de «El Terrero»

Publicado en la revista «Caza y Pesca» en julio de 1997

Estoy sentado en un escaño, hecho con un corte de un grueso tronco, a la puerta de la casa de mis amigos, viendo cómo las gallinas se afanan en picotear aquí y allá los granos extendidos y los pequeños insectos que abundan por doquier en el suelo de tierra que, de puro barrerlo mil veces, parece que brilla como si fuera de cerámica. Un gato se estira perezosamente y el aire frío de esta tarde nublada de febrero baja desde la sierra aromas de promesas cazadoras que me embargan el alma.

Parece que cuesta trabajo el levantarse de esos momentos de sosiego pero, por otra parte, estoy deseando empezar la actividad de la caza, que me llena al máximo y pone todos mis sentidos alerta; así que comienzo a preparar los pertrechos de la espera, con la experiencia y la cadencia de algo hecho mil veces.

Compruebo concienzudamente si voy colocando el rifle, la munición, el macuto con todo lo necesario, las mantas, la silla y observo cómo Adolfo, después de lavarse las manos de las duras tareas del ganado, prepara también sus cosas que se reducen a un capote, una linterna y un par de rosquillas que empieza a comer golosamente.

Al empezar a caminar espantamos un poco a los perros para que no tengan la ocurrencia de seguirnos y comienza mi compañero a contarme que, aunque “El Dentista» hace unos días que no entra a los cebaderos, si lo están haciendo dos o tres guarros que, sin ser «superiores» como él, son bastante buenos y uno de ellos, en concreto, se baña en «El Terrero» y mi amigo lo está cebando todos los días con un puñado de bellotas que debe comer con glotonería ya que no deja ni una. Su huella es bastante buena y Adolfo calcula que su peso pasará de los ochenta kilos. Con estas noticias parece que mi paso se acelera y que la impedimenta pesa menos. Ya me estoy imaginando dentro de un rato habiéndomelas con ese buen cochino y, sin poderlo evitar, un suspiro se me escapa de lo más hondo del pecho.

Subimos a buen paso por la estrecha vereda rodeados de monte bastante alto y fuerte, mientras los nublados empiezan a aclararse  y trozos de cielo azul comienzan a jugar al escondite con las nubes. El penetrante olor del monte es cada vez más fuerte mientras coronamos el cerro y, ante nuestra vista, se extiende en oleadas el verdor del monte hasta llegar al gris de los riscos de la cuerda que estará como a un kilómetro de nosotros. Nos  vamos instalando en el puesto que está en una ladera de solana, sobre un arroyo muy pequeño y, por la ladera frontera, se ve bajar un pequeño hilo de agua que forma la baña a la que hemos bautizado de «El Terrero», junto a la que Adolfo coloca a diario la bellotil pitanza que el guarro se toma como aperitivo al salir de el baño.

Oscurece sobre las siete y el cielo se ha ido despejando paulatinamente, así que la luna casi llena, que mañana estará en plenilunio, alumbra bastante bien todo el escenario de la posible escaramuza, por lo que se apuntará perfectamente caso de que, efectivamente, se imponga el disparo.

Ha pasado un buen rato y menos mal que estoy bien arropado con las mantas porque, con lo raso que se ha quedado, la noche se ha ido refrescando y la humedad se va poco a poco metiendo hacia los huesos. Aún así disfruto de cada minuto, de cada segundo de esta espera, de este aguardar a que aparezca el viejo jabalí separándose del amparo del monte acogedor y todo el escenario cobre vida supeditándose a los movimientos del animal que polarizará los rayos de la luna bañándose y recreándose sobre su tosca anatomía.

Y así pasan las horas, rápidas y lentas al unísono, salpicadas de vez en vez con suaves y extraños sonidos que agujerean la noche y rompen el hilo de nuestros pensamientos mientras se van deslizando hacia la semioscuridad exterior.

De pronto, serán las nueve y cuarto, me dice Adolfo en un susurro que ha oído claramente el sonido del guarro que se acerca por arriba y hacia la izquierda de nuestra posición. Escuchamos atentamente durante un buen rato sin volver a escuchar absolutamente nada, pero se que el oido de mi amigo,educado durante generaciones de antepasados, está preparado para oir los suspiros del monte, por lo que no nos movemos ni hacemos el más leve ruido pensando que, a su vez, el cochino estará muy atento escuchando todos los sonidos para intentar captar alguno no habitual que pueda indicarle la existencia y situación de algún peligro que amenace su vida, lo que le haría emprender rápidamente la marcha para zafarse de la probable agresión.

Habrá pasado un cuarto de hora cuando le oímos perfectamente, abajo en la oscuridad del reguero. «¡Está ahí!» le susurro a Adolfo mientras, muy lentamente, le paso los prismáticos. A simple vista, con el corazón acelerándose por momentos, veo salir el bulto negro del arroyo y subir hacia el cebadero, que está a unos diez metros más arriba. Por fin se cumple el sueño que estábamos esperando. Ha aparecido de pronto el protagonista de esta obra cinegética, sobre el escenario de jaras y chaparros y con la iluminación plateada de la luna.

La silueta negra, que es muy grande por lo que sé que corresponde a un buen guarro, llega al cebadero y en esa misma postura, sin cruzarse, empieza a devorar las bellotas glotonamente. A cada una de ellas que come mueve la cabezota de un lado para otro y escucha atentamente. Para entonces ya tengo colocado perfectamente en la horquilla el rifle -que he subido muy lentamente- y, a través del visor, estoy viendo con claridad al animal. Debido a su postura de espaldas, observo las puntas plateadas de las orejas e, igualmente, como le blanquea la jeta al comer los dulces frutos. Pero, a pesar de todo, no veo la cruz fina de la retícula por lo que no puedo disparar. El guarro no cambia de posición y a mí empiezan a comerme los nervios.

Llevará comidas doce o catorce bellotas cuando pienso que quizás decida irse al siguiente cebadero, que llamamos el de «El Pájaro» por lo que, enfadado por mi mala suerte que me está haciendo rozar el triunfo pero no conseguirlo, decido disparar y cuando el cochino mueve la cabeza hacia la derecha -una vez más intentando recoger el más leve sonido- oprimo el gatillo y el estruendo del disparo resquebraja por unos momentos todo aquel equilibrio que estaba depositado bajo la luna.

Ahora oímos correr al jabalí hacia el cerro de nuestra derecha durante unos cuantos cientos de metros y luego el silencio más absoluto se extiende como una losa sobre la sierra. Parece que vuelvo a notar la brisa en la cara recuperando esos olores que durante los últimos minutos habían desaparecido en el clímax de la emoción y, con ellos, empieza a apoderarse de mí esa duda típica de no saber si has acertado y si has hecho todo como debías o te han vencido los nervios a la hora de la verdad. En ese desasosiego empezamos a recoger todos los bártulos y descendemos hacia el reguero, lo cruzamos y en pocos pasos estamos en el cebadero donde, por desgracia, no vemos sangre ni señales de haber acertado el tiro, por lo que empezamos a pensar en un posible fallo. A pesar de todo recuerdo que, cuando disparé, la cruz del visor estaba firme, bien apoyado el arma, por lo que entiendo que debo haberle acertado.

Decidimos, dadas las circunstancias, bajar a buscar los perros para que puedan ayudarnos, o mejor dicho, solucionarnos el cobro y, un poco cansinamente, descendemos por el carril desde el cerro hacia la raña, parándonos a medio camino desde donde Adolfo silba suavemente a sus perros. Parece imposible que a esa distancia tan enorme a la que se encuentran los porches puedan oír la llamada de su amo los animales. Pasa un buen rato durante el que estoy pensando que tendremos que bajar hasta la casa pero, de pronto, se oye un ligero rumor entre el monte y aparecen los dos careas, «El Cachuli» y «La Pili», que se deshacen en carantoñas con mi compañero quien, sin más preámbulos, los encamina por el carril de nuevo hacia arriba, al escenario del tiro, un poco más animados nosotros por la ayuda canina.

Al llegar «al lugar de los hechos» empiezan rápidamente los perros a rastrear muy excitados. Andan olfateando sobre el tiro, suben y bajan del cerro hasta el reguero, pero nos vamos dando cuenta que no están «fijos» y nuestras sospechas de fallo van paulatinamente en aumento. Vuelven mohínos los canes a nosotros sin cumplir, por esta vez, su objetivo y , con una última mirada y un suspiro que quiere decirlo todo, nos bajamos para los porches con el disgusto de no haber podido, o no haber sabido, culminar el lance.

La luna, a nuestras espaldas durante la bajada, nos va enredando en sombras chinescas con las jaras y los chaparros mientras dirijo la mirada a esos cerros y a esas rañas tan queridas para mí y que me evocan recuerdos de otras muchas noches de mejor o peor fortuna en los lances de caza. Muy lejos, las luces de pueblos conocidos y los faros del vehículo de algún guarda responsable trazando vericuetos por alguna sierra lejana e inmensa, dan un toque de civilización en la cuasi prehistoria de este mundo verde oscuro de montes y noche.

Nos reciben al llegar a la casa el resto de los perros con sus ladridos de alarma que después se vuelven halagos al reconocernos y, sobre todo, a su dueño. Contamos al resto de la familia toda la aventura que hemos vivido desde que salimos al caer la tarde y, aunque insisten mis amigos en que me quede a cenar, tengo la garganta reseca y ningún apetito, por lo que decido venirme para casa. Conduciendo por las numerosas curvas de la carretera voy pensando en dónde estará ese animal. Quizás herido gravemente o quizás muerto debajo de una jara mientras le está velando la luna casi llena.

Al día siguiente Adolfo y José Luis comienzan el pisteo en el lugar del tiro. Durante los primeros doscientos metros no da nada de sangre y, a partir de ahí, van encontrando unas pequeñas gotitas que luego empiezan a mezclarse con «verdín”… ¡mala señal!. Deducen, por ello, que va empanzado, pero lo extraño es que el tiro fue desde atrás. Cuando llevan pisteando más de medio kilometro (calculan que unos setecientos metros), son las once de la mañana y tienen que abandonar para atender inexorablemente las labores del ganado.

Al otro día por la tarde, ya casi sin esperanzas, aparece por los porches Julián, el hermano de Paula, quien se ofrece a continuar el pisteo y al que le dan indicaciones exactas de dónde lo habían abandonado ellos. Asciende rápido hacia los cerros de la derecha del laderón, llega hasta la última señal que dejaron el día anterior los pisteadores, recorre unos doscientos metros más hacia arriba y, casi por casualidad, encuentra el jabalí muerto en un arroyo «selvático». Baja para buscar ayuda en José Luis y, entre los dos, se las ven y se las desean para poder sacar al animal de aquella maraña y bajarlo hasta las casas.

Resumen : El guarro había recorrido casi un kilometro con un balazo del 30-06 que le había hecho una trayectoria por la que, destrozando el jamón derecho y rozando la «bola» del hueso, interesaba todo el intestino hacia adelante y destrozaba, a su vez, la paleta del lado izquierdo. ¡Parecía imposible que, con esta herida, hubiera podido caminar tanto y, más aún, faldear y con tendencia hacia arriba por los cerros de la umbría!.

Al conocer por teléfono la noticia pienso que, después de varios fallos seguidos, por fin hemos tenido suerte y, sobre todo porque el guarro, según me cuentan mis amigos, es muy bueno, pasando de los noventa kilos de peso y unas defensas bastante buenas que me recordarán para siempre este hermoso lance.

Rondando con la luna

Artículo publicado en septiembre de 2014 en la revista «Caza y Pesca»

Dentro de la caza mayor en nuestro país, existe una genuina modalidad -hoy casi en desuso- que nos lleva rápidamente a recordar al maestro Covarsí, por lo apasionadamente que él la practicó y por las descripciones que de ella hizo en sus escritos. Me refiero a la “Ronda Extremeña” a la que el mencionado Montero de Alpotreque elevó a la categoría de mito en los relatos de sus libros que hoy leemos con avidez y nostalgia.

         El objetivo de esta cacería era el jabalí y la cuadrilla la componían unos pocos cazadores -normalmente a caballo aunque se puede hacer a pie- acompañados de una o varias recovas de perros perfectamente adiestrados para este tipo de caza. El equipo del rondador, además de su montura, lo componían los zahones, anchas espuelas, látigo para los perros y afilado cuchillo de remate. Completaban la partida algunos criados a caballo que llevaban los perros heridos y las alforjas con el resto de la impedimenta.

Las recovas, normalmente de unos veintitantos canes, estaban compuestas por dos tipos de perros: los “buscas”, generalmente podencos y, en menor proporción, los de “agarre”, normalmente alanos y mastines que solían llevar collares de defensa. Estos últimos eran de una fiereza extrema rayana en la locura, ya que una vez que mordían al guarro, no soltaban su presa incluso en el caso de quedar muertos en el empeño.

Las rondas se practicaban en veraniegas noches de luna y las zonas elegidas para cazar eran preferiblemente dehesas con terrenos afables para poder cabalgar con los caballos. Primero se esperaba a la hora en la que se calculaba que los cochinos estuvieran comiendo en las rañas, separados una distancia prudencial del monte. Entonces la partida de cazadores a caballo recorría la linde –siempre con el aire en la cara- hasta que, llegados al lugar donde se suponía que estarían los jabalíes, soltaban los “buscas” que salían corriendo hasta dar con la partida de cochinos. Los jinetes, emocionados sobre sus monturas y manteniendo atraillados a los perros de “agarre”, escuchaban atentamente. En cuanto se oían los primeros ladridos de los podencos, señalando que habían establecido contacto con los guarros, liberaban a los alanos que acudían rápidamente al auxilio de sus compañeros. Cuando se percataban de que se había producido el agarre y que los perros sujetaban firmemente al jabalí, el jefe de la partida daba la señal convenida con la voz de “¡Ya está!” ylos cazadores salían a “uña de caballo”hacia el lugar de la refriega, para que el primero de ellos que llegara al escenario del combate, descabalgara y, limpia y valientemente, diera muerte al cochino con la acerada hoja de su ancho cuchillo de monte.

Los inconvenientes que podían surgir durante esos momentos cruciales de la cacería, eran que el cochino no aguantara la “parada” o que los perros lo “desorejaran”, saliendo huyendo el cerdoso en ambos casos, para no volverse a parar sabiendo lo que le esperaba detrás.

Un detalle a tener muy en cuenta, era el avisar a las fincas, pueblos y cortijos por las que iba a discurrir la ronda, para que guardaran todo tipo de animales domésticos ya que los perros, en el ardor de la cacería podían matar cualquier animal incluidas caballerías y ganado vacuno.

En este tipo de caza se producían situaciones de verdadero peligro, ya que había que sumar a los derrotes del cochino apresado, las carreras de noche con los caballos, existiendo la posibilidad de la caída en un barranco, la rotura de alguna pata de las monturas o la de verse descabalgado por la acción de una gruesa rama de encina colocada a la justa altura de la cabeza del jinete.

Como anécdota de esta modalidad de caza mayor, recordamos la que cuenta Covarsí en el capítulo “El Cuchillo Misterioso” de su libro “Trozos Venatorios y Prácticas Cinegéticas”, en la que un rondador llamado Agustín, dotado de mucho valor y de una fuerza descomunal, se apeó el primero del caballo y asestó una profunda cuchillada a un gran jabalí aculado en lo más profundo de un barranco. Cuando acabó la refriega, echó en falta la funda de su cuchillo sin que por más que la buscara como un loco -mientras gastaba entera una caja de cerillas- pudiera dar con ella. Los compañeros le ayudaron en la búsqueda, llegando a quemar varias ramas sin conseguir recuperar la vaina del arma. Ya en el cortijo, el asombrado cazador siguió dándole vueltas al asunto sin comprender donde podría haber olvidado la dichosa funda que, al final, fue a aparecer en la propia herida producida en el cuerpo del cochino. La explicación es que los cuchillos de entonces los hacían los propios herreros de los pueblos, fabricando las fundas normalmente de hoja de lata sin virola en la punta. Dadas las peliagudas circunstancias y el peligro del lance, se confirmó que el arrojado rondador tiró el “viaje” de su cuchillo sin pararse siquiera a desenfundarlo, llegando con el arma y su vaina hasta el corazón del viejo solitario.

Un cartucho salvador

Publicado en la revista “Hunters” de agosto de 2005.

Pasan lánguidas las horas, arrastrando con ellas las sombras de los chaparros que se acortan según se eleva la luna. La temperatura ha bajado varios grados desde que me coloqué y empiezo a dudar que esta noche entre el guarro al que estoy esperando. El caso es que lleva muchas jornadas haciéndolo y está verdaderamente picado con el maíz que le coloca Adolfo, pero hoy parece que se retrasa. De todas formas lo único que puedo hacer –y nunca mejor dicho- es… ¡esperar! Me arrebujo en el calor de la manta y empiezan a expandirse mis pensamientos en la noche, mientras dejo de guardia al oído que pasa a su máxima percepción. Recuerdo que hace unos días recibí la visita de mi amigo Mariano. En la comida, como no, hablamos de caza y en la agradable sobremesa –convencido que el cochino entraba muy pronto- le conté la situación, invitándole para que fuera él quien lo intentara cobrar. La aceptación fue vehemente por su parte y con un chupito de orujo sellamos el acuerdo. En esos momentos yo veía mentalmente al valiente jabalí abatido por mi compañero. Pero…

         …cuando traspasamos la puerta de la alambrera, la tarde de principios de primavera languidece con románticos colores ocres y verdes. El ganado está entrando en la nave y los perros dejan escapar sus desconfiados gruñidos al vernos. Mis amigos hace tiempo que no ven a Mariano –a mí me reciben muchas lunas- y se alegran de la visita. Las preguntas sobre la familia y la vida cotidiana dan paso rápidamente a la información sobre el asunto que nos trae a su pequeña pero querenciosa finca: intentar cobrar el guarro que sigue entrando asiduamente y que no suele hacerlo muy tarde, ya que los ladridos de los careas que barruntan al cerdoso, marcan la hora en el reloj de la noche, dato que anotan mentalmente mis amigos.

         Tras un ligero paseo por la cañada que discurre a la espalda de las naves, nos enseñan el puesto desde el que se domina el cebadero que está junto a una encina. Pienso –sin decir nada- que tan cerca del árbol, puede que la sombra de la luna oculte justamente al guarro cuando esté consumiendo el maíz. Cosa rara, Adolfo no ha tenido en cuenta el detalle, pero ya no se puede hacer nada y es mejor dejarlo todo como está.

         Cuando oscurece, poco después de las siete y media, estamos los dos instalados en la postura con sendas mantas por encima de las piernas. Todavía aprieta mucho el frío y no es cosa de pasarlo mal pudiendo tener el cobijo de las mantas. De pronto me pregunta Mariano por la hora en que vamos a quitarnos. Sé que tiene que hacer un largo viaje de regreso y mañana estar a primera hora en su oficina, pero interiormente me fastidia poner horario muy justo a una espera. Le contesto que cuando quiera, porque estoy seguro que mi compañero podrá usar su rifle en poco rato, dada la información que nos ha dado Adolfo sobre la hora de entrada del cochino.

         En esas circunstancias pasan las dos horas siguientes, solamente roto el silencio por algún sonido extraño que nos llega desde el próximo montarral. La temperatura ha bajado bastante y, al subir la luna, el cebadero se ha ido “metiendo” en la sombra de la encina tal y como me temía. Pero del cerdoso… ¡nada de nada! A las diez y media, Mariano dice que nos vamos, por lo que, con un punto de desilusión, recogemos todo y, tras una apetitosa pero rápida cena, emprendemos el regreso a nuestras casas…

         Vuelvo a la realidad de esta noche y noto aún más el frío nocturno. Adolfo separó un poco el comedero de la encina y el jabalí sigue entrando con asiduidad. Con esas perspectivas, me coloqué dispuesto a aguantar lo que fuera, pero la afición empieza a verse afectada por el intenso frío y la tardanza del visitante no citado. Hace mucho que pasaron las diez y las once y las doce. Al principio de la espera se escuchó bastante jaleo en las naves del ganado. Desde la distancia, en la tranquila noche se percibieron las voces de mis amigos, los ladridos de los perros, los sonidos de las cabras y el chocar de las cántaras de la leche.

Pero ahora hace rato que todo está tranquilo y sólo falta que aparezca el dichoso guarro que, de momento, me la está “dando con queso”. Me pongo como tope la una y cuarto, decidiendo que si para entonces no ha acudido, recogeré todo y me iré a casa, procurando recuperar el calor que perdí hace horas. En estas divagaciones, veo moverse algo blanquecino cerca del cebadero y cojo emocionado los prismáticos. Los enfoco correctamente y… ¡veo a un perro blanco que anda tan tranquilo dejando todo su rastro justo en el previsto “escenario del crimen”! ¡La jorobamos! Ahora ya si que estoy casi seguro que puedo recoger el equipo e irme para mi casa.

El perro sigue para arriba y para abajo. Le veo husmear por el cercano arroyo mientras las nubes juegan al escondite con la luna. Miro al reloj que marca la una y no sé si esperar el tiempo prefijado. En ese momento el carea pasa cerca del puesto y se me ocurre chistarle para que se vaya a su sitio. ¡Bendito sea Dios! ¡El concierto de ladridos que me pega en mitad de la noche  es lo más escandaloso que he oído en mi vida!… ¡a recoger!

Descargo el rifle y guardo los cartuchos en la pequeña canana que meto dentro del macuto. Voy recogiendo el resto de utensilios para después doblar la manta y plegar la silla. Por si acaso, antes de irme y ya de pie, echo una amplia ojeada con los prismáticos sin conseguir divisar ningún bulto sospechoso. Con todo colgado, dirijo una última mirada al puesto y observo que me he dejado colgada de una rama del chaparro una pequeña bolsa de lona donde llevo algunos cachivaches que me gusta tener a mano. Cuando la estoy cogiendo, diviso perfectamente el bulto negro del cochino cerca de una encina que está como a unos cincuenta metros de la que tiene el cebadero junto a su tronco. Los nervios se desatan por todo mi organismo mientras razono que, no obstante, si hago bien las cosas, despacio y sin ruido, debo tener ganada la partida al jabalí tardón.

Me descuelgo el macuto y me agacho muy lentamente. Con el corazón desbocado, busco dentro el estuche de los cartuchos. A tientas, cojo uno de la canana, mientras vigilo de reojo como el guarro se acerca prudentemente al cebadero. No me muevo y rezo para que el cochino no se dé cuenta del bulto que hago bajo la luz de la luna. Procuro hacer el mínimo ruido al abrir el cerrojo y colocar el cartucho, aunque no puedo evitar que, al cerrarlo, suene en la noche como un cañonazo, pero el guarro ya está comiendo del maíz y es tan glotón que no se entera de nada. Por fin, levantándome lentamente, apoyo el rifle en el chaparro, pongo la cruz de los hilos del visor en su paleta y, sin más dilaciones, oprimo el gatillo.

Al disparo el arma se desencara, pero cuando vuelvo a mirar por el anteojo, el cochino está debajo de la encina dando los últimos estertores. Me relajo de la tensión y miro cariñoso a la luna que me hace un guiño de complicidad. Cojo el cuchillo y la linterna y me acerco con cuidado al jabalí. Lo toco con la punta de la bota y compruebo –aunque no era necesario- que está muerto y bien muerto. Observo el tiro con detenimiento y veo que tiene destrozadas ambas paletas. El proyectil RWS TIG de 150 grains ha hecho bien su labor. Después procedo a capar al animal y, dejándolo allí mismo, paso por el puesto, recojo todo y me dirijo a la casa de mis amigos.

Cuando me voy acercando, observo la luz encendida en la ventana de la cocina, señal de que me están esperando. Me cuentan que estaban acostados, pero que han escuchado el disparo y se han levantado. También me dicen que, tan tarde como es, pensaban que esta noche el dichoso cochino me había vuelto a dar calabazas. Poco rato después, en la tranquila noche, se escucha el chirrido de la carretilla cuando nos dirigimos a recoger el cuerpo del jabalí que, aunque llegaba con retraso, murió por anticiparse en un minuto a mi abandono.